Aún sin que
comenzaran los diálogos de paz, para muchos ya estaba claro que toda
negociación no tendría otro resultado que el fracaso. A los que venían
planteando que el problema sólo se puede solucionar por vías pacíficas les han
llamado ilusos, y esto en el mejor de los casos, no siendo pocas las personas que,
a estas alturas, siguen pensando en el enfrentamiento militar como la única
salida factible al conflicto. A mí, por el contrario, es justamente esta última
posición la que me preocupa: su punto de partida no es una añoranza de paz,
sino todo lo contrario, lo que expresa es un fuerte apego a la violencia.
Para empezar,
es fundamental precisar que el discurso de la seguridad tiene un alcance muy
distinto al concepto de paz. La tesis del uso de las armas como forma de
solucionar los problemas, sostenida desde luego también por las FARC, sólo
alcanza una pretensión de seguridad, una noción restringida en tanto consiste
en la mera protección contra los factores perjudiciales (uno de estos factores,
que pueden ser de cualquier clase, es el enemigo). Así, lo que interesa es
neutralizar al bando opuesto y no la construcción de una sociedad
verdaderamente pacífica en la que los desacuerdos se puedan tratar mediante el diálogo.
En contraposición, el ideal de la paz, que siendo una noción más amplia incluye
también la pretensión de seguridad, hace comunidad entre quienes antes se
atacaban.
Sostener la
posición a la que estoy criticando tiene otro problema fundamental de carácter
práctico que no salta a la vista tan fácilmente: la legitimidad no se hace
recaer en la razonabilidad de los argumentos, sino en la fuerza efectiva. Para
explicarse esto basta que los lectores se planteen las siguientes preguntas:
¿qué pasaría si el que sale victorioso en el uso de las armas es el
contrincante? ¿estarían tan dispuestos a aceptar que la confrontación armada es
la forma correcta de solucionar el conflicto? En un enfrentamiento bélico ya no
se trata de convencer al otro, se trata de reducirle ejerciendo la violencia, y
por tanto, sólo éste es el criterio que indica la posición triunfante.
Si se ignora
que el conflicto armado interno en Colombia no apareció por generación
espontánea, sino que tiene unas causas específicas que esperan por ser
atendidas, se seguirá cayendo en el absurdo de combatir los síntomas sin tocar
la enfermedad, o en un absurdo aún peor, entender que la violencia se soluciona
con más violencia. Una sociedad con niveles sobrecogedores de desigualdad, una
conciencia alrevesada de la moral y una desintegración social que parece
insalvable, es un caldo de cultivo óptimo para engendrar conflictos. Si no se
rompe el círculo vicioso “violencia
generadora de precariedad/precariedad generadora de violencia”, ni la paz,
ni la justicia social que permita unas condiciones materiales adecuadas para la
población, serán objetivos alcanzables. El camino es arduo, pero vale la pena.
La primera forma del círculo (violencia generadora de precariedad) se rompe,
pacíficamente, con procesos de diálogo enfocados en la desmovilización y en la
inclusión de los excombatientes; la segunda forma del círculo (precariedad
generadora de violencia), con una revisión a los modelos de desarrollo en materia
económica y social tendientes a lograr una subsistencia digna y equitativa para
todos los seres humanos.
En todo caso,
ambos etapas deben realizarse conjuntamente. Un proceso de desmovilización sin
un sustrato fuerte en la agenda social, está condenado al fracaso. Lo único que
se lograría sería la migración de los excombatientes un grupo armado a los
demás grupos armados que existen en el país, situación que tiene grandísimas
posibilidades de materializarse en el
actual proceso de paz. Además, un verdadero cambio social impulsado por el
Gobierno lograría algo mucho más contundente que la victoria militar: dejar al
oponente sin argumentos para continuar su lucha armada.
Estamos en un
momento en el que es necesario replantear esa visión guerrerista de la solución
al conflicto armado interno. Soy consciente de que el proceso de negociación no
es una condición suficiente para lograr la paz, pero sí es una condición
necesaria. La experiencia nos ha mostrado que sí puede haber diálogo exitosos,
por ejemplo, los procesos de paz con el M-19, el Quintín Lame, el EPL y la
Corriente de Renovación Socialista. ¿Conoce usted algún conflicto en Colombia
que se haya solucionado por la vía militar exclusivamente, sin sentarse a la
mesa de negociación?
Andrés Álavarez Arboleda (@andalarb)
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