En épocas electorales, la
política tradicional saca a relucir sus maquinarias y presenta a los ciudadanos
de a pie un espejismo de que todo saldrá bien si resultan elegidos. ¿Las
promesas? vivienda para todos, acabar con la guerrilla, educación para todos,
salud para todos, megaproyectos de infraestructura a lo largo y ancho del
territorio y hasta reforma agraria o política de restitución de tierras.
Sin embargo, en los
últimos tiempos la política electoral ha venido sufriendo transformaciones y
los jóvenes hemos ido tomando una visión más crítica y profunda (o al menos así
lo percibo y espero que sea) respecto al tema. Por este motivo, en las presidenciales
pasadas decidimos apoyar una nueva causa, una nueva forma de hacer política,
una nueva vía de ver lo público y es por esto que hicimos parte de la
famosísima “Ola Verde” y la cual me hace erizar ya que me hace pensar que
efectivamente es posible lograr hacer política con decencia, transparencia y de
forma ‘fresca’.
Pero no todo fue color de
rosa; al final primaron otros intereses, la democracia favoreció a otro
candidato, tal vez porque el temor colectivo acerca de la guerra seguía
primando, tal vez porque pensábamos que no estábamos lo suficientemente
preparados para un gobierno que prefiriera invertirle más a la educación y a la
cultura. En fin, el caso es que esa persona que se montó al poder resultó ser
igual que todos los políticos tradicionales. Un tipo burócrata, clientelista y
que cree que todo se soluciona desde Bogotá. Otro presidente más en la historia
del país que no dejará una verdadera huella seguramente.
A pesar de esto, los
seguidores de la “Ola Verde” seguimos trabajando en ese gran proyecto político,
que tenía unos principios y un norte claro hacia donde apuntar: El “no todo
vale”, el respeto por la vida y la transparencia en el manejo de los recursos
públicos se convirtieron en insignias de nuestro pensamiento. Logramos reconocimiento
por ser defensores del mundo de la legalidad y el futuro que nos deparaba
parecía ser muy prometedor.
Una mañana me desperté y
como es habitual en mi caso, prendí el computador para revisar la prensa. Oh
sorpresa me encuentro en un titular que dice que el partido verde, -ese que
hablaba de decencia, transparencia, legalidad, educación- se había adentrado en
la ‘Unidad Nacional’ y ahora buscaba cuotas burocráticas en el gobierno que
hacía unos meses nos había ganado las elecciones. Desde aquel momento todo
cambió en el partido, nos dimos cuenta de que las decisiones se estaban tomando
desde Bogotá, que se estaba haciendo un monumento a ese despreciado centralismo
que ha marcado la historia colombiana a lo largo del tiempo.
‘Lucho’ Garzón mostró que
para lo único que sirve es para dañar partidos, para separar gente, y se rodeó
de un equipo que se apoderó por completo del partido.
Figuras como Sergio
Fajardo o Antanas Mockus, fueron obligadas a pasar a un segundo plano dentro
del partido, tanto así que obligaron la renuncia del exalcalde de Bogotá. El
poder se lo tomaron los que más ‘lamboniaron’ al gobierno de Santos. Hoy
‘Lucho’ se toma fotos con el presidente y alardea que somos parte de una
deprimente e inútil ‘Unidad Nacional’, Gilma Jiménez se convirtió en aliada de
intereses que nada se identifican con los ideales planteados en un principio y
mientras tanto excelentes congresistas como John Sudarsky o Angela María
Robledo han sido desterrados del partido indirectamente.
A unos meses de comenzar
campañas legislativas, se abre un lugar para replantear el partido, para pensar
en lo que estamos buscando, para evaluar el comportamiento que hemos tenido y
para hacer un examen juicioso acerca de la coherencia que hemos sostenido con
nuestros principios. Esperemos que la “Ola Verde” pueda revivirse y volver a
ser lo que algún día fue, yo mientras tanto, soy disidente del partido verde y
ya veremos que pasa…
Daniel Duque
(@danielduquev)
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