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sábado, 11 de mayo de 2013

El violín y el duende

Era una noche normal para todos excepto para él, pareciera que hubieran pasado largas horas desolado en la noche tan solo pensando el por qué se encontraba así, pero recordó que tan solo fue una caminata de 5 cuadras desde la tienda hasta su casa; tan solo 5 cuadras bajo la lluvia que lo llevaban a la monotonía de su vida. Se encontraba al frente de su puerta otra vez, lo único diferente era la mezcla de gotas de lluvia con las lágrimas que derramaba por el amor que le tuvo a ella. Sin embargo entro y se preparó la comida para pasar otra noche en la soledad que tanto lo agobiaba. Y volvió a coger uno de sus libros favoritos para leerlo nuevamente y tener la esperanza de que este le recordara su antiguo yo, que le recobrará la alegría simplista de ver un nuevo día. 

Las horas pasaron y el libro abierto pasaba las hojas como si fuera el viento mismo quien lo estuviera leyendo, se podría decir que ya no era una lectura eso, si no el recital de la novela misma encarnada por un alma en auxilio, buscando confort en donde sabe que solo habrá vacío. Era típico que en aquellos momentos el tiempo pareciera detenido para uno, pero aumentado para el resto del mundo; y así pasaron las horas y él, dentro de su mundo literario buscándose él mismo. Lo que no sabía era que esa noche no iba a estar solo, aunque él lo sintiera, aunque no viese a nadie, no lo iba a estar. A medida de que las hojas pasaban una tras otra, en la casa un pequeño intruso entraba sin problema alguno, era uno de esos seres que se describen en los cuentos de hadas pero no hay forma definitiva para ellos, era pequeño, juguetón, y era llamado por la tristeza que rodeaba y emanaba el pobre hombre. Al asecho como un depredador vigila a su presa, este pequeño ser con mochila en mano esperaba cauteloso el momento de su aparición y de su hora al telón. 

Ya llegada la media noche y la última página del libro a su final, había llegado el momento esperado del pequeño ser y frustrante del hombre; donde este se disponía a rendirse ante los polvos de Morfeo y sus deseos, con la esperanza de que todo cambiara a la mañana siguiente. El hombre se dispuso de todos los arreglos para pasar buena noche, ya ni pensaba en lo que hacía, la memoria de sus músculos ya lo hacía por inercia y así fue como el hombre se acostó y el pequeño duende dio rienda suelta a sus planes. Mientras el hombre caía en su sueño, el duende sacaba de su mochila un estuche de algo raro, y solo se reía mientras lo sacaba y de este desempolvaba un viejo violín algo maltratado. Al igual de cómo el viento surca libremente y los ríos fluyen lavando todo a su paso, este duende tocaba el violín con una naturalidad encantadora, mezclaba los tonos tan dulces como la miel y escalofriantes como las pesadillas, esa melodía no tardo en llenar la habitación y poco seguido la casa, rodeaba al hombre en su desasosiego y lo abraza para poder llegar a donde hace tiempo ninguna persona había vuelto a llegar, a su corazón. 

Pareciera que hubieran pasado años desde que el hombre había vuelto a escuchar melodía alguna, estando profundo en su sueño divagaba por toda la cama, mientras el pequeño duende lo veía y seguía tocando, pareciera que este era su regocijo, se levantaba, se sentaba, caminaba y bailaba todo al ritmo de su música y de vez en cuando se ponía a observar el estuche y luego al hombre para devolverse al estuche y sacar una sonrisa. La música proveniente del violín cada vez tomaba mas forma de los sentimientos, pero no del duende si no de los del hombre, y parecieran que fueran absorbidos por él, sin saber que esa noche iría a tener el sueño más recobrado que pudiese recordar. Dentro del sueño del hombre todo era nieblas, pero al fondo se podía escuchar una melodía tan hermosa, tan rara que pareciera que sacaran todas sus emociones a flote, que lograra abrir el candado que guardaba la jaula de los sentimientos aprisionados por el hombre. 

Al igual que la música, la niebla iba tomando forma y cada vez se parecía más a la ciudad donde el solía habitar tiempo atrás, pero esta parecía desolada, con aires de misterio y apagada. El comenzó a pasear por lo ciudad, recordando todo su pasado y llegando a la esquina de un viejo parque recordó, y la recordó a ella. Aun con la música a su alrededor y la ciudad desolada corrió con la esperanza de poder volverla a ver, con la fantasía de tenerla en sus brazos una vez más pero todo se desvaneció al ver el mismo parque solo. De nuevo con la soledad encima de él, lo recorrió y se sentó en la banca donde ella solía estar a su lado. Ya sin desalientos decidió repararse de la banca y seguir adelante, sin un lugar y sin un destino. Continuo con la marcha de ver toda la ciudad, pero poco a poco todos los sentimientos se iban yendo, la música se iba desapareciendo hasta llegar a un sonido tenue, e iba apareciendo la sensación de estar siendo perseguido y de este, el miedo. Comenzó a correr por toda la ciudad, huyendo a lo que parecían sus propios sentimientos hasta llegar al punto de tropezarse y caer al suelo, sin fuerzas para levantarse solo le quedaba ver el cielo o mas bien las nieblas que lo cubrían y a sus sueños, y poco a poco el mismo se iba volviendo uno con la ciudad, se transformaba en algo tenebroso sacado de los sueños de algunos y pesadillas de otros, se iba transformando en la forma de las sombras. 

Pasaba el tiempo, y ya con su nueva forma pasaba una y otra vez por la ciudad logrando su nueva monotonía; la canción del duende ya se iba terminando y la conciencia del hombre se iba despertando, más en el sueño este atascado estaría. Llego a encontrarse con sus dos grandes miedos y poco a poco se iba convirtiendo en ellos, la soledad y la nada. En ese momento donde no se siente nada, puede que sea una locura pero era la realidad para él, un estado sin miedos, sin frustraciones, sin esperanzas, sin alegrías y sin amor; divagaba como los demás espíritus en sus sueños una y otra vez por las calles vacías que alguna vez el, las lleno de alegría junto con su amada. y como giros esperados del destino cruel que lo ponen a uno frente a situaciones incoherentes se encontró frente a sus recuerdos, sin pensar y sin saber los motivos, se adentró a sus vieja casa llena de trampas llamadas memorias y revivía cada momento, cada segundo, cada alegría, cada pelea y la partida dentro de ella, hasta que por fin encontró lo que tanto anhelaba, la encontró a ella. 

Estando y sin estar al mismo tiempo se abrazaron, de los abrazos que no hay necesidad física si no plenitud emocional, se dieron los abrazos que olvidaron y se vieron juntos de nuevo; ya notando como la música se apagaba y llegaba a sus últimas notas, ella le señalo su viejo escritorio donde se encontraba un estuche de violín abierto y en el siguiente momento ella desapareció junto con las sombras y su vieja ciudad. De un salto él se levantó, agitado y desconcertado rápidamente cogió el primer papel y lápiz que tenía a la mano y comenzó a escribir esta historia, este sueño que le recordó a ella y la alegría de vivir sin importa los maltrechos caminos, a disfrutar cada uno de sus sentimientos, las alegrías, los miedos, el dolor, las esperanzas y sobre todo a disfrutar cada segundo del amor, no de un amor especifico que nos cegamos a encontrar como locos sin objetivos, si no el amor que se encuentra desde el cariño de todos a nuestro alrededor hasta la mirada más simple que se dan con afecto seguido por un abrazo acogedor. Feliz por su recuerdo en mente, papel y sentimientos se volteo a ver el sol naciente de cada día que le iluminaba un nuevo camino saliendo por la ventana, y noto como se dibujaba la silueta de un objeto extraño en la habitación, vio la sombra conocida de un viejo recuerdo, y al otro lado de la habitación se encontraba el viejo estuche que le perteneció a su amor, el mismo del sueño, algo maltrecho pero era el mismo, solo que este le faltaba el violín y en su lugar se encontraba un pedazo de papel con escritura a mano que decía: Sé que tu dolor ha sido fuerte, pero no por eso has de renunciar a la vida y sus alegrías y amarguras que te puede dar, cada día puede que sea más fuerte que el otro, pero por eso es que hemos crecido y somos lo que hoy en día somos; nunca nos hemos encontrado y nunca lo haremos, pero son tus sentimientos los que me han llamado a estar junto a ti esta noche y recordarte lo que ella te dio, espero que lo recuerdes y con mi melodía no lo olvides. Recuerda estar junto con ella, que sus sentimientos también me han impulsado a esta visita, me llevo el violín de recuerdo y con eso tu solo te quedaras junto a la alegría de ellos. Att: tu viejo y nuevo amigo, el duende.

Nicolás Peñaloza Rey.

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